Nuestra historia con el Jueves Santo en Sevilla y con la hermandad de Monte-Sión tiene capítulos de oro grabados a lo largo de los años. Tras un tiempo sin recorrer la calle Feria, y recordando aún el profundo orgullo que supuso acompañar al Señor de la Oración en el Santo Entierro Magno de 2023 de forma excepcional, el destino volvió a querer que estuviéramos tras él. Este Jueves Santo de 2026 supuso nuestro regreso regular tras el paso de misterio.
La previa
La Cuaresma de 2026 no fue un periodo de espera cualquiera, sino un tiempo de latidos acelerados y de ilusión desbordada en cada ensayo. Fue entonces cuando el alma de nuestra banda se fundió con la pluma de Ignacio José García Pérez para dar vida a Orante. Estrenar esa marcha el 19 de febrero en el Archivo de Protocolos no fue solo un acto musical: aunque no tuviéramos delante al Señor de la Oración, lo sentimos más cerca que nunca.
Al interpretarla por primera vez, sentimos que el Señor ya nos estaba llamando a través de las notas, pidiéndonos que pusiéramos todo nuestro cariño anticipándonos a todos los momentos que viviríamos.
Un sentimiento, una responsabilidad
Cuando el Jueves Santo amaneció, el aire que se respiraba no era el de la tensión de un compromiso musical, sino la emoción de un reencuentro muy esperado. Al llegar a la calle Feria y ver su silueta, el corazón nos dio un vuelco.
En las horas previas a su salida, muchos de nosotros sentimos la necesidad irrefrenable de acercarnos hasta la capilla. Caminamos entre la multitud, buscando refugio ante su mirada. Ver al Señor de la Oración en el Huerto esa mañana, tan cerca, respirando ese aroma de Jueves Santo, fue un momento de comunión íntima que a más de uno se le escapó en forma de nudo en la garganta o de lágrima contenida.
Al levantar al Señor, sentimos que el peso de los años de ausencia en esta hermandad se desvanecía por completo. Tocábamos para Él.
La tranquilidad de estar en casa
El momento en que el misterio se puso en la calle fue, sencillamente, indescriptible. Cada nota de nuestra agrupación, ese sello de nuestra familia, se entrelazaba con el rachear de los costaleros.
El poder caminar junto a Él por las calles de la ciudad más bonita del mundo era un privilegio inmenso: la calle Feria, el bullicio de la Alameda de Hércules, la magia inconfundible de Sierpes, Álvarez Quintero, Cuna… Daba exactamente igual qué tramo del recorrido fuera. Cada rincón se convertía en un escenario donde el tiempo parecía detenerse.
Balance final
Caminar tras el Señor de la Sagrada Oración en el Huerto por los rincones más castizos de la ciudad, sentir cómo el compás de Arahal llenaba cada esquina, fue cerrar un círculo. Habíamos vuelto a Monte-Sión. Y lo habíamos hecho con la humildad del que sabe que el verdadero protagonista es el Señor, pero con el orgullo de saber que, una vez más, nuestra música fue el vehículo para que el Jueves Santo en la calle Feria volviera a ser, sencillamente, eterno.



